Alan Turing, el primer gran hacker de la historia que salvó 14 mil vidas en la Segunda Guerra Mundial

El inglés dedicó su vida a la criptografía y se convirtió en un héroe silencioso de la humanidad.

Nada más asociado a los tiempos tecnológicos que corren el término hacker a la informática. Según la Real Academia Española, la palabra hacker tiene dos acepciones: 1- pirata informático; y 2- persona experta en el manejo de computadoras, que se ocupa de la seguridad de los sistemas y de desarrollar técnicas de mejora.

Es decir, que se puede asociar tanto a "lo bueno" como a "lo malo". En definitiva, la persona en cuestión es un experto capacitado para perforar las paredes virtuales construidas para proteger sistemas. Muchas veces ese conocimiento puede estar asociado a mejorar la seguridad y otras para cometer ilícitos.

Ahora, ¿los hackers surgieron con el término moderno de computación o existieron siempre adaptados a la tecnología de cada momento de la historia?

Ahí es donde entra la figura del más viejo de los hackers modernos, el inglés Alan Turing. Nacido en la Londres de 1912, el investigador se apasionó desde chico por la matemática, la lógica, la criptografía y la filosofía. Sus inquietudes eran tan adelantadas para la época que tuvo que hacer su camino al andar.

Después de graduarse en Cambridge en 1934, se trasladó a Estados Unidos a la Universidad de Princeton donde le dio rienda suelta a su pasión y encontró los medios para desarrollarse. Con el paso de los años, un poco por placer y otro por demanda de la coyuntura, Turing se dedicó a la criptografía.

En 1939, un día después del inicio de la Segunda Guerra Mundial, la milicia inglesa convocó al joven para que ayudara al equipo, compuesto por más de 9.000 personas, a descifrar el funcionamiento de la máquina alemana Enigma. Básicamente, los nazis se comunicaban con mensajes encriptados diseñados por el moderno aparato. La complejidad del funcionamiento de Enigma lograba que cada letra escrita pudiera tener 10.000 billones distintos de interpretaciones.

Ante ese panorama, Turing desarrolló otra máquina: la Bombe. La creación del equipo conducido por el matemático tuvo como finalidad encontrar la lógica con el que Enigma encriptaba sus mensajes. Si bien no se sabe en qué fecha exacta el Gobierno inglés, y en consecuencia los aliados, lograron intervenir el dispositivo, distintas investigaciones aseguran que la intromisión salvó más de 14.000 vidas y redujo la Guerra en dos años.

Turing, de esa manera, había logrado, quizás, uno de los "hackeos" más importantes de la historia en una época en la que los dispositivos poco tenían que ver con las computadoras actuales. El método de Bombe y los beneficios que produjo se mantuvieron ocultos hasta mediados de la década del 70, cuando Frederick William Winterbotham, capitán de la Real Fuerza Aérea de Gran Bretaña, publicó el libro El ultra secreto.

El héroe desconocido por el gran público había sido Turing. Excepto aquellos poderosos que supieron del trabajo realizado por el inglés, nadie supo hasta 30 años después que la Segunda Guerra encontró su fin, en parte, gracias a su invento y a la labor de su grupo de trabajo.

Esa falta de de arraigo en el inconsciente colectivo también condujo a Turing a una muerte temprana. A mediados del siglo pasado, la homosexualidad era penada en Inglaterra, inclusive, con prisión efectiva. Después de ser "acusado" por gay en 1952, las autoridades le dieron a elegir entre Guatemala y Guatepeor: cárcel o tratamiento de castración hormonal.

Turing prefirió no tener que pisar un penal y optó por la ingesta de químicos para combatir su "perversión" -tal como era concebida en ese momento a la homosexualidad-. Los medicamentos le generaron distintas malformaciones y afectaron su carácter. La depresión lo invadió.

En 1954, a los apenas 41 años, Turing murió envenenado. Los investigadores dedujeron que se trató de un suicidio, pero a muchas de sus amistades les llamó la atención el fallecimiento, no creyeron en la versión oficial. Según se supo en ese momento, Turing comió una manzana con cianuro. 64 años después, no se sabe si se trató de una decisión impulsada por la tristeza o si alguno de los enemigos ganados durante su lucha contra el nazismo se vengó.

Recién en 2013, casi seis décadas después, la corona británica indultó a Turing.

¿O habrá sido que un hacker -y colega suyo- logró derribar las paredes virtuales de los servicios secretos ingleses y emitió un comunicado en nombre de la Reina Isabel II perdonando para siempre a Turing por su aporte a la humanidad? Nunca lo sabremos.

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